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Castellano
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“18 Canciones de la Patria Amarga”, de Yannis Ritsos

Poesía : Castellano

Versión impresora


El centinela y su cántaro (Fragmentos)
Américo Reyes

 

 

 

 

Ponía más atención el centinela

al brillo  del  cántaro, que nadie

le  había   encomendado,  que

a las flechas que desde los cua-

tro costados  de  la ciudad ame-

zaban con derribarla.

 

 

 

Que estas señales no te aturdan:

son renuevos de la inconformidad.

 

Tengo algo de cristiano

en mis pulmones

y algo de ateo en las rodillas.

 

Mi mano izquierda es una santa

y mi mano derecha me masturba.

 

Mis pies plebeyos me llevan al boliche

y mi sombra inmaculada

me trae de vuelta.

 

Orino por los cuatro costados

de la ciudad

y mi belleza me enerva.

En tanto

debo saborear los sexos de la noche

hasta que el amanecer

les dé su forma rotunda.

 

Debo convivir

con mis conceptos de justicia

y solidaridad.

 

Y con la mierda

de mis sueños.

 

 

 

                                                                                                                       

                                                                                                                                     Esta cicatriz

    que nunca ha sido herida.

  

Cuando yo tenía trece años vi un dios triste

fabricar manzanas de greda

y luego marcharse a su país, hacia la nada.

 

Lleno de espermios silenciosos viví

-palabrejas desordenadas

en la ingle sola: las flores

que no ocupó la primavera-

hasta que la juventud degeneró

en costumbre

y conocí a mis verdaderos cómplices.

 

Desde entonces olvidar

es mi recuerdo más viejo.

 

Y el verbo más inservible.

 

   

 

 

                                                                                  En todas sus formas

                                                 he llegado a conocer la humillación del rito   

 

A la hora que tú te levantas

yo me acuesto;

a la hora que tú te acuestas

yo asumo mis derrotas;

en el momento

en que tú haces el amor

yo lloro

o defeco.

Cuando tú vienes

de vuelta

yo permanezco

inmóvil

esperando

el paso del tiempo.

Y cuando tú

le llevas una flor

a tu madre

yo me lavo

las manos

en el río

más próximo.

 

 

 

 

-Bebe de este cuajo paterno -me dijo-

y comprenderás.

  

Fue una mañana estallando contra los yuyos

y yo había salido a recoger legañas de serpiente

en las oquedades de la orilla

donde el río pulsa y se contrae

cuando lo vi*: era un hombre primitivo**

aferrado a las escamas tiernas de una roca,

pensando en sí mismo

con el corazón apretado bajo su barba sin tiempo.

¡Tantos siglos lejos de la tribu

y sin embargo fiel a su destino*** de cazador al trote!

 

 

* Lo trajo hasta el Guaiquillo la tos del ventarrón

cuando el ventarrón no se llamaba ventarrón,

supe después.

 

** No queda de él sino su recuerdo de greda

-la espuma india o fugitiva

que nunca tuvo abecedario-

y sin embargo en el temblor que vigilo

se me ha pegado su gesto fulminante y casi sometido.

 

*** Todo era verde -sospecho-, todo chilca,

todo pensamiento burbujeante

o seminal acuarela

de alegres dioses inexpertos.

 

 

 

 

             Aquello que sé

cuando sudo

 

Durante el tiempo en que fui mago*

hice aparecer al hombre** que llegarías a ser:

el bienaventurado de la siesta***...

 

Ráfaga desbordante, tu seminal estampa****.

 

 

* De un sopor abisal eres hijo,

bolichero precioso, te decía.

 

** …No sólo eres palmario:

también lo pareces.

Me dices apúrate

cuando ya he llegado.

 

*** El que muestra su placer,

el que escribe cartas sin sentido,

el transformador ocioso

de mundos por descubrir.

 

**** De tal manera creo que tu ropa tirada

entre los roqueríos

no sabe tanto de ti -no podría dar detalles

de tu intimidad-

tanto como saben mis ojos cerrados.

            

 

 

 

Mostré todas mis heridas

sólo para que él mostrara

 su juventud.

  

-Ven a vivir conmigo -propuse- . No le pego al bueno desde 1999.

-Esa noche en la que tuvimos onda -confesó-

vi el cuerpo desde el cual olvidas.

-Estábamos todos carreteando y por un momento sentí

que mi desnudez no estaba debajo de mi ropa -me defendí.

-Toda contradicción muere en su ley -dijo, como diciéndoselo a sí mismo.

No toleré su efugio y me la jugué: -Una cachita no nos vendría mal.

-¿Por qué las ausencias siempre están donde no están?-preguntó,

                                                                                  haciéndose el leso.

-Una pajita por último… -imploré, para no perderlas todas.

-¡Viva el silencio! -gritó, a modo de escapatoria.

-¡Viva! -contesté, a fin de salir airoso del impasse.

 

 

 

 

 

No me conformé con ser el único:

quise ser el mejor.

 

Cuando fui cebollero*, te escribí versos tales como:

 

No te perdono esta tristeza

ni las raíces en mi lecho.

Han pasado los días como áspides

por un desierto

que es esta parte de mi vida.

 

Cuando fui cebollero, escribí versos contra ti,  que me

/rebotaban como acetatos de lírica vileza:

 

 Estoy ocupado recordándote,

tratando de llegar al espacio de mí mismo

en donde estás.

 

Cuando fui cebollero, todas las palabras significaban,

/en sentido figurado, más o menos lo mismo:

 

Aunque no te tengo

eres lo único que tengo.

  

 

* Ahora que te amo te pregunto

por el precio de los cigarrillos,

por la muerte o la infancia

que se nos olvidó compartir

y por qué estamos tan libres

de pecado.

 

 

 

 

-Tú que esperas encontrar un ángel

 lo buscas por las calles de la ciudad

y yo que busco a alguien de carne y hueso

 espero que me caiga del cielo.

  

-Amigo mío, no olvides llevar siempre contigo tu

/cadáver.

No vaya a ser cosa que la muerte te encuentre

/desprevenido.

 

 

 

 

Rondé a un extraño

y me transformé en él.

   

Solamente borrachos

habremos de reconocernos.

 

 

 

 

Quemé todo mi oro

para luego bailar sobre cenizas doradas.

  

Me volví a encontrar con él

en noviembre de ese mismo año

en la fila para operarios de aquella frutícola, en Lontué.

 

Quizás resulte improcedente decirlo en estos versos

pero bastaron quince centímetros de desolación

y un crepitar de entrañas

para que de ahí en adelante

dejara de pasar el tiempo.

 

Puesto que él,

que era nada más que un rey silencioso*

que escribía te quiero con faltas de ortografía

y usaba botas en primavera,

optó por descubrirme sin piedad,

impunemente.

 

-Hola, me dijo. Y al oído en susurros: -Lo haría de

/nuevo.

Pero yo no entendí su metáfora

y me escabullí hacia mi cotona

con una sonrisa dolorosa en todo el cuerpo.

Desde entonces veo pasar noviembres a cada rato

y vuelvo a aquella frutícola, en Lontué

cada vez que puedo.

 

Y me devano los sesos.

 

 

 

 

  

No besabas.

   

Cuando llegues al cielo

y Dios te diga: -Y no me convidaste

de tus estrujones,

tú dirás: -Cuándo, pero cuándo, Señor?

Y Dios te dirá: -Esa tarde entre las rocas,

en el río de Los Queñes.

  

 

 * Su reinado era mi pundonor.

 

 

 

 

 

Entonces comprendí: ese día era sábado

y alguien de veintidós

quería besar a alguien de dieciocho.

 

Miré la fotografía una y otra vez

hasta que adiviné su pasado.

No obstante, a duras penas logré descifrar

lo que mi amigo había garrapateado en el dorso:

 

 

De los tres que

aparecemos

en esta fotografía

apenas seis seguimos con vida:

nueve han muerto, dieciocho

fracasaron.

El de la izquierda

 huyó de todo,

el de la derecha convalece aún

de enamoramiento ancestral.

La muchacha que sonríe

 quedó huérfana

de muchas humedades,

la que llora suspiró tardíamente.

Y yo que aparezco

con mi perro

abrazándolo

cumplo años cada vez

que vuelvo

 a mirar

esta fotografía.

 

 

 

 

 

Escribir un cántico

es estar solo.

 

Le gustaba escribir sobre aquellas cosas

que sólo ocurren en la vida.

Decía: Hace más frío que la cresta

y lo caliente no se me quita.

 

O bien: Mi amigo echado en la ventana

no deja ver el sol que hay al otro lado.

 

El uno es rojo, verde es el dos,

el tres no existe, solía cavilar.

 

En más de una ocasión exclamó:

¡Que pasen luego cien años!

 

Y aunque nadie lo escuchara con atención

reflexionaba: El vicio de ser joven (…)

puede hacer que el tiempo pase en vano.

 

Dejó entrever sentimientos de augusta desfachatez

en una de sus fábulas, de la cual se cita a continuación

la moraleja, donde el protagonista*

declara a su antagonista:

Otras heridas no tengo -manifestó con impostada

/inquietud-.

Habrás de besar éstas: las que ves.

 

A quien amaba le dedicó, sin pudores, esta singular y

/brevísima balada:

Ven a mirar cómo no muero.

 

Elaboró una suerte de epitafio, que es, por lo demás, el

/que figura en su lápida:

 

Por suerte

no seguiré envejeciendo.

 

 

* Se supone él mismo.

 

 

 

 

Dijiste que lo mío no era una visión de mundo.

Que era, a lo sumo, una ojeada. 

                                                                                                                     

                                                                                                                                               

Traías entusiasta  -cual  cartita  bajo la manga-  el

               /libro SONETOS POR INSTINTO

-título tan inocuo como certero-

de cierto autor despiadadamente desconocido

y cuyos únicos segmentos rescatables serían, a mi

/juicio:

1: Su epígrafe*, y 2: Tres sonetos…**

 

Pues bien, escarbando en sus páginas

-y apremiado por mis apostillas-

renegaste también de él

todo su acervo. -Mago zampón,

me espetaste, -has hecho que desee

el vino que ofreces. A mí, que amo el infierno.

Y su ganga: culos de sabiduría.

 

 

* No me creáis cuando sostengo

que los poetas mentimos demasiado.

 

** TRES SONETOS PARA MI MUCHACHO

de SONETOS POR INSTINTO

 

I

 

Mi muchacho llamárate por gloria

de mi insistente necedad, sombría,

matizada con penas y alegrías

que sumándolas todas son mi historia.

 

Ay del amor que come de su escoria,

ay del que no en placer, sino en porfía

acaba por gestión de la agonía

con tanta sed tan cerca de la noria.

 

Mi machito por vicio te llamara

de mi esplín de poeta un tanto lacho

que a su propia pasión pone alta vara.

 

De mis versos el único que tacho

es aquél que a ti menos te agradara

mas te sigo llamando mi muchacho.

 

II

 

Te vi bailar desnudo, y provocaste

en mí tanta efusión, tanto alboroto

que hasta el día de hoy conservo roto

de mi aliento el soplido, por mirarte.

 

 Luminosa, tu juventud me baste

así muera mil veces con el voto

de mirador voraz, puesto que broto

en el mismo lugar donde bailaste.

 

Y si adivinas lo que tu desnudo

cuerpo llegó a lograr con su vaivén

no tanto como ciego, sino mudo

 

dejarme -entre zozobra y parabién-,

yo por tu desnudez al fuego acudo.

Y bendito sea tu baile. Amén.

 

III

 

Lo que los tontos hacen con lo cierto

falsedad otorgándole y malicia

es lo que intento hacer con mi codicia

de ti, y prendido quedo en el intento.

 

La verdad es a veces puro cuento

cuando el don de los sueños nos envicia.

Sólo mi amor conviértete en delicia

y siempre a tus caprichos quedo vuelto.

 

Pero la moralina y el desdén

a nuestros planes ponen en aprieto

trocando bien por mal y mal por bien.

 

 Tú preguntas: ¿Y si la pata meto?

Te respondo: ¡Culpable soy también!

¡El porte del placer está en su veto!

 

  

 

 

 

Lo único que supe de él

fue que me hacía tiritar.

  

En aquel instante me saqué el embozo

que acostumbro llevar conmigo

y le mostré todos mis accesos,

le mostré el portalón en donde gimoteaba,

le besé lo obvio

y lo empujé a las tascas de mi malquerencia

diciéndole no sé qué jadeos.

 

Así las cosas

nos tocamos

como si hubiésemos sido grandes amigos.

Tuvimos sexo del vulgar

como si hubiésemos sido grandes amigos.

Bebimos toda la noche

totalmente compenetrados

y nos causaba risa el ladrido de los perros

como si hubiésemos sido grandes amigos.

                                                                                                                

 

 

 

  

Espero tu bandera con su verdor en alto

y a mi zaguán llegan profetas refunfuñones

y un silencio enorme golpea mi cara

-y apenas lo distingo de otros silencios-

pero no seré tu guardián.

Aunque me digas: -Huí de mi generación

para encontrarme contigo-

no seré tu guardián.

  

       Lo único que he hecho es escribir versos más versos. Y me pasé la vida no conociendo a quien propago, a quien busqué antes de morir, sin dejar testamento alguno, más que nada tu cuerpo*, sobre el que empero hubiese escrito tantas chorreaduras.

      Qué más da: sólo tengo que admitir que me había gustado estar vivo. Pensé mucho en los almanaques. Y mi seudónimo casi fue Caballero Des Grieux, a la sazón en manos de Bouvard y Pécuchet. Me comía las uñas en el sótano de mi biblioteca imaginaria y me esforzaba a toda costa por ser un individuo. Aunque en cierto modo fui algo más: un antropoide.

      En tanto no conocí a quien propago y de eso me acuso.

      Pero no seré tu guardián.

 

 

* Fulgurante pasó tu cuerpo por esta calle,

tocó las varillas,

hizo un gesto de hombre a mi lado

-mostrando algo de su esplendor oscuro, su estallido espeso-.

Pasó tu cuerpo con sus tendones y miradas

-diagonalmente desde el aromo que señala mi casa-

con todos sus pelos y su rencor juvenil

(cuando yo creía escuchar a Vivaldi






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 Referencia
Américo Reyes.  "El centinela y su cántaro (Fragmentos)."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    9 de agosto de 2010.
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