de Ahíto abelengua
mi lengua de tierra, sombra afluente de aquel nogal que alcanza mirando a Dios y le dice A. Desde aquí todos se están tragando un sollozo. Una letra del sonido. Acá arde la invención en lo callado, todo es infancia, balbuceo, roedor trizado como ventana. Sé que yo soy hija hecha de lluvia, sé que el poema es la historia de los precipicios, de lo que es sin padre, de lo que se incendia con la voz, pero mi lengua, pero mi turgencia, como boca de noche, por qué desflora la letra cuando deambula, qué pasa en el error (...)
ciego de algo quizá por distraerte, quizá por llegar al vidrio quebrado que protege mi hogar, lo opaco que tiene sonreír. Avieso y desconsolado. Te veo chiquito en los columpios del habla. Te has callado, mutismo infantil de negras rodillas, bájate te digo, bájate, hay días en que los árboles te empujan, hacen creerte que su savia es tristeza, bájate te digo pequeño ahínco dolorido, bájate que me subo a conocer la altura, yo allí ahíta y montesa, allende al dolorido silencio: he dejado de nombrarte (...)
te descubro tan apacible que te temo. Iré con lágrima y boca abierta saltando por las cimas. Asaltada por la bruma haré que me escuches: eres nombre, eres tierra, yo lo soy y tú te desdices. Iré, juro que te iré, no cogeré las fieras ni temeré a las flores, sé que veremos juntos lo mismo: la noche que te dio a luz y su propio vacío (...)
pues moras como un animal entre mi boca. En esta cercanía aroman las frases sus excesos. Veo quiénes son los que se integran a la palidez, a la criatura del tiempo. Veo al ángel del trueno que esparce mi instancia en los oídos y no veo, pero sé que sólo debo hablar si es canción lo que miras (...)
ave que nunca ha sido ave, pero que canta las voces de una ortiga. Si hiero tu lengua saldrá mi nombre por la llaga, saldrá tu aliento por mi voz, aquí pendes, aquí te estiras en mi labio de trigo, en este paraje que soy yo sin vuelo. No me busques en la altura, estoy a ras de alma, en el alma que cruza a tu ciervo y que yo debo escribir acá, en el aprisco de mi mano y tu lejanía. No me busques allí, pues de pronto se despoblarán los aires, la belleza devorará el lugar y los poemas se irán conmigo en el pretexto. Acá pueden agotarse los pájaros (...)
graznidos, graznidos, es de mañana quizá: reúneme en el vacío y la carne, ya es hora de decir, es hora de pensar la grafía en el viento, mirar las manos de la ausencia, al eco, la cueva del silencio, la síntesis de la huida. Esta niña de árbol padece el peor mal: que cante, cante, / y en concierto acordado/ tus ondas sean veloces/ sílabas, lenguas, números y voces.[1] Mira cómo hace cuajar el mar en la boca -ella lo hace desde la raíz en su cielo; ella sabe lo que es blanco; la piel del relámpago y los cristales-. Tras oscuridades escuchó cómo nombra el humo su voz, cómo se ve su vuelco al brío de lo inmóvil, porque ella es un vacío, un albergue absurdo donde oculta tus ojos de leche y donde ahíto bautiza las cosas y sus silencios
de Vigilia y Coro
Hospitalariamente resuena al caminante
crepuscular campana por la aldea apacible
F. Hölderlin
Estoy en una de esas noches que el silencio hace de cada cosa su propio enemigo. La bóveda se enfurece. Mi manta tiembla. Yo ya no estoy escribiendo. Dentro de esta noche se está cazando al gorrión de piedra, único que inquieta el ritmo de lo invisible. Entre lanzas crece el dominio de quien se presenta primero ante el sonido. Al pájaro se le soltó una pluma y no era de piedra, era de levedad, vuelo y dejo. Hoy es una de esas noches en donde el anonimato de las cosas se devela cantando.
Está ardiendo el tiempo en los ojos de quien espera. Se anegan los caminos con la coreografía de la retirada y la luz se hace silencio, quedándose dos veces en el oído del eco. Así es como se calcina la velocidad del recuerdo que no llega. Sólo esto nos pasa, sólo esto.
El lenguaje es el humo del pensamiento. La oquedad que deja el éxodo: un héroe del naufragio. Héroe es quien anuda el flujo del mohín de una palabra que fue nombrada en el pasado. Aquellas que rechazan ser palabras para volverse cosas como las cortinas, papeles usados y ventanas.
Los nombres son tan antiguos como la repetición del mar, los que se encienden con nuestra voz al trazar la fiera el día y la noche -las muñecas perdidas y las tazas trizadas se fueron en silencio por el día a esa lucha del último soplido que hace cenizas de la boca-. Los nombres son casi de fuego, así de frecuentes.
Tengo a Ulises o a Nadie escuchándome entre este rumor -las cosas son un incendio que se apaga, el arco se estira para hacerse horizonte en el tiempo y voraz la asfixia vuelve a la imagen- por ahora prefiero quedarme quieta en la cama.
Ya logrando ver el retorno de cada cosa a su lugar me marcho por esa misma quietud melódicamente. No van mostrándose cuando se marchan, mas dejan lo que creen llevarse. La noche es de día mientras afuera se convencen los párpados que duermen. En esta noche la palabra fugaz mostraría el rostro de lo perdido. Existe una violencia que se seca intacta, es una nueva forma de zarpar de los objetos.
En la orquesta del vacío sólo una nota se toca. Con respeto y sin fin se ahuyentan las riberas de lo oscuro a penas quedando el gesto del recuerdo -un poema fue el autor que puso a andar los ríos.- Que nadie se burle de esta madera callada: espejo del viento que no tiene viento, sólo la traducción del oxígeno cansado ya de imitar la tormenta cuando lo expiro -afuera, hermosamente, alguien quiere entrar-.
Jardín que aparece
si se le amputa el color a la flor
le damos la posibilidad a otra que esté allí
imitando al silencio en la expresión de la figura
tal como cuando nos callamos
decimos lo callado con otra voz
ése es el corte de la estadía
lo oscuro muy esparcido en lo claro
camino y aún escucho
las pisadas de ese jardín
hago presión en las huellas de los pasos
entumecida y selvática en la distancia de los sentidos
y así es cuando fijo el ojo
desamparando la mirada sobre los objetos
el recuerdo adopta una figura
parecida a un sendero de noche
y lo camino
dejo militar la sangre atrás
que me recuerdan las próximas heridas
heridas que imagino deben ser aves
que sólo buscan caminar tras el estruendo de los colores
aquí debajo en la primavera lesiva
quien se pregunta tantas veces como pueda la voz
si existe algo más quieto que una piedra
sí mi piedra
esta noche está colmada de día que se oscurece
noche y día se miran
y en un pestañar cambian su rol
víspera de otro camino
que se abre y deja salir los ladridos
de los perros de mi niñez
insisto en tu pensamiento
sé que es desalojarme
es hacerme huésped de una despedida
no importa
le haré caso al eco de la añoranza
que viene desde lejos
al llamado temprano
del que me alejé en años
pues en su origen fue un grito
y la distancia ayuda para descifrar
las letras de los gritos
la luz se aparece
sabemos que el inicio corresponde al fin
como alma y cuerpo
mas cuál es cuál
todo este tiempo de mañana es un patio
donde se oyen las risas y los juegos
la precedencia del recuerdo
la insistencia de las aves con el aire que se acaba
que se acaban con él las aves
éstas son el espacio y la composición del aire
las miro y me dan ganas de romper
un piano junto al espíritu que divaga en el recuerdo
el recuerdo del árbol en otoño
la pena de las hojas que se caen
del pedazo de árbol
un pedazo de queja
en el choque de la hoja
cuando recién se hace suelo el suelo para el árbol
en el fondo de este cuadro hay una pestaña lenta
que me enceguece mirándola
es el jardín del mundo y no sabe que es el jardín
yo le insisto con los colores
violáceo y piel
es el jardín sosegado de un cuadro
el intersticio que duerme en la diferencia
abandono este espacio y el cuadro refleja la escena
voy retirándome y aparece por detrás
la decrepitud del tiempo
haciendo mofas de la distancia que asumimos
amistad inasible por la palabra
organización de los silencios
de las miradas tranquilas
y de las que no son tranquilas también
yo insistiré con la amenaza
con el ángel con el vaho que compartimos
y sobretodo con la pupila que escondo
entre la hierba y crece de ti
en el camino voy notando que las cosas
ascienden hacia la oscuridad
una suerte de abrazo materno
ansioso por homogeneizar el escenario del frío
impedirme el camino
que a tientas en él busco la lámpara
abandonada por los sonidos al irse
pues sabían del plan
sabían que me sería difícil encontrar los utensilios
para el próximo parto del mundo
ése que nace y luego se oculta
pude incendiar mis manos con mis propias manos
pero seguí el camino
el poeta tiene un pie atrás
el país del futuro
mas sigue avanzando
porque atrás y delante
están en la misma esfera
allí nada se ata
todo es intemperie en los caminos de estos jardines
en donde juega el único niño
que logra ver el viento pasar inmóvil
el niño es un poeta
que juega a crecer
que mira fijo los dientes de los gatos
gracias a él acá se escucha el devenir de la muerte
al orden de lo instantáneo e inestable
logrando ver así
cómo se endurece el vacío con cada nacimiento
cómo las plantas regadas
cómo los arbustos cómo las espinas
cómo los insectos cómo las piedras
cómo los ríos que se nos atraviesan para luego desaparecer
dentro del mugido de la humedad
todos salen en fila de mi boca cuando los pronuncio
asimismo sucede en los días que el pensamiento
transita dejando una arruga
un muro entre el vacío de allá
y el vacío de acá
muro hecho del pálpito de lo que aún no nace
son los fuegos sobrepuestos
la conciencia de saber cuándo vendrá la muerte
desdibujando la boca de la voz
cerrando el viento
con el orgullo de la herida que se inserta al follaje del dolor
creen que nos ampara lo que descansa bajo las piedras
piensan en nuestro pan saliendo añejo del horno
que lo aún no nacido está muerto
que el trazo que cruza este camino
no es hecho del hálito del silencio
sino de la amenaza del último gorjeo
del pájaro que murió volando
y ahora cómo les explicamos que no nos perdimos en el bosque
sí sabemos morar en él
es nuestra guarida profunda donde el adentro
y el afuera no se confunden
se presencian gracias al ritmo del trote
de los caballos ya cansados ya durmientes
aquí la presa y el enemigo caminan juntos
alumbrados por la luz que se desprende de la muerte de un caminante
luz que vigilaba su nombre
luz de la lechuza
eco de la noche en cuerpo y albacea de la jaula
sí tenemos un nombre encerrado
que cuando se libera se hace fulgor
espesura de los elementos
allí cuando el sonido
sólo existía como un albergue
como raíl de lo significativo
el silencio se hizo curva
en él vibra una pequeña verdad
en donde impera la forma en forma de lo calato
creemos que es de afuera
desacertamos
el poeta nace con una palabra en la boca
que nunca logra pronunciar
pues sólo la rama hace crujir la madera
en el labio de lo seco
retienes mis elementos
desde la solidificación de lo musical hasta la orquesta
logrando hacerte padre de ti mismo
capital de mi espina
grafía de mi nombre
vamos al borde de este poema
y seamos el borde del borde
no nos asustaremos
afuera alguien canta y nos une las manos
en el insistente borde de la palabra acabada
hallazgo y asidero que abarca el camino advenido por otro
el sendero mudo que nos confunde y confiere felicidad
ese cálculo se funda en el último verso
el encargado de custodiar nuestro ánimo
en el fondo de este patio
hay una palabra insistente en no descansar
porque es de raíz
las manos
las devotas del actuar
erigen frente al anhelo
la esencia de la boca
como padre y madre a la vez
todo está dotado de padre y madre
como brazos y piernas
pero madre y padre
padre y madre de la piedra
padre y madre del árbol
padre y madre del miedo
padre y madre del camino
padre y madre del padre y de la madre
padre y madre de esta voz
que es tuya y mía:
padre y madre de este río que no se ve
un pájaro blanco aletea rápido en estas palabras
son los paisajes del espíritu reflejados en los ojos del ciego
como cuando te digo que veo lo perdido en la belleza
o sencillamente pronuncio dos veces las palabras
es el movimiento del destierro
el de adentro y el de afuera
las escuchas
luego
se hunden
tan fértiles que engendran hasta la incertidumbre
usando el método que reside en el tiempo
alfabeto escondido de las bocas cerradas
las nuestras
las de traje herido
las de preguntas
que se ciegan junto a los ojos
esbelta avanza la palidez por el día
embrión espartano como el vacío
ese vientre de la prontitud
de la ausencia que se hace figura
tu figura de río y de lengua próxima confiada al vacío
al acecho que se agazapa en el silencio
tal como la lentitud que calza en la forma del futuro
la forma de lo que se acaba
y de lo que retorna para acabarse
algo se retira dejando su sombra
en el movimiento inquieto del deseo
deja la presencia de lo que aún no tocas
el genital que alumbra la voz de este camino
la anulación es una presencia en lo falto
vaciedad divergente que se deja aparecer
desde su liberación oculta
en el dominio de los objetos y animales perdidos
por qué será que me nombran desde mi carencia
y respondo como el perro que ladra
y hace de la cuadra una de las más vacías de la ciudad
[1] Villancico “Santa Catarina”, de sor Juana Inés de la Cruz.