LAS MUJERES DE CALLE BALMACEDA
A mi abuela,
que vivió cien años
Las niñas de Balmaceda no arrullan muñecas Barbie
no promocionan pañales de papel
ni van a la catedral los sábados
a compartir la hostia de los ricos
Las niñas de Balmaceda mecen a sus hermanos
tejen coronas con ramas de sauce
y son inmensamente felices
tanto que se olvidan del hambre y del olvido
Las muchachas de Balmaceda se casan en abril
con hombres que conocieron en marzo
hombres de manos ásperas
que las doblan en edad y en tristeza
Las mujeres de Balmaceda crían hijos en el polvo
y para el polvo
crían los suyos
los de otras
y los lanzan al mundo como plumas al río que va a ninguna parte
Las mujeres de Balmaceda aman a hombres de piedra
aman como van al mercado en bicicleta
y luego envejecen alrededor del brasero
cebando mates al anochecer
mates que humedecen e iluminan
las historias simples de la cuadra
Las mujeres de Balmaceda no conocen los espejos
se peinan con esqueletos de pescado
y lloran lloran lloran
para que sus lágrimas renueven los surcos resecos de la cara
Las mujeres de Balmaceda no saben de letras
de filosofía ni de liberación
se queman las pestañas zurciendo calcetines
son especialistas en química de ollas
y Mesías para repartir un plato vacío
entre veinte chiquillos hambrientos
LA TÍA GLAFIRA SE DEJÓ MORIR
En una pieza honda
como los pensamientos de personas tristes
se recostó un día y no quiso levantarse
Los ojos se le fueron hacia adentro
y la boca no quiso abrirse más
ni para soplar palabras
ni para tragar alimento
Los médicos hablaron del estómago
los parientes de parálisis y los vecinos
de un mal de ojo
Nadie pensó que una vejez prematura
le comía el alma
El giro mañoso del tiempo
la dejó en la esquina de nadie
Los rostros afuera no eran los rostros de infancia
las voces no eran las queridas
las calles no sostenían las carretas del amanecer
Ni siquiera los recuerdos la visitaban
ni el bastón castigador del padre
ni la madre friendo sopaipillas
ni la lluvia que deja caer sus huestes
inofensivas sobre los tejados
No volvió a sentir la risa de sus hermanos
ni jugó a las escondidas bajo la luna
y entre los limoneros
En una pieza honda
como los pensamientos de personas tristes
la tía Glafira se dejó morir
LA TARDE DEL CLÁSICO
Entonces soy un mendigo
que le pide al tiempo
un recuerdo que no se deforme...
Jorge Teillier
I
Esa tarde se hincha hacia los costados
es brisa que sopla semanas antes y semanas
después por las esquinas
Voces de vecinos que murmuran
y apuestan los últimos pesos del día
El clásico es marea que inunda con sus nobles
banderas de antaño
es horda maldita para los reaccionarios
y bálsamo para los rebeldes
Aparecen las manos callosas de los fundadores
con sus machetes de tiempo
y nos recuerdan los orígenes en la barbarie
de campos iletrados
Muy hondo en la memoria
los fantasmas de los primeros niños
continúan pateando pelotas de trapo
Acaso descalzos del cuerpo
y con toda la inocencia de sus años
puedan burlar a la muerte insobornable
II
La tarde que no se olvida es la del clásico
un domingo que bulle en cancha del Quintas
Flamean las banderas del este y del oeste
Vuelan insultos de galería a galería
El hambre las traiciones borracheras
amigos amores
todo estalla y da bote
y tranca y corre y suda
El viento teje remolinos sobre el suelo terroso
y la tarde se arrebola en los ojos
en las gargantas resecas
en las amistades retorcidas por los vaivenes del marcador
y por los ánimos revueltos y esparcidos
en el campo de mil una batallas
III
En las horas desangradas del crepúsculo
los contrincantes se van a las manos
otros a los pies
pero los más a las copas
Hordas de sedientos asaltan cervecerías
barcitos y sartenes de sopaipillas
La vecina del Pata de gallo
vende el boliche entero
La cerveza anega calles cubiertas de papel picado
Los muchachos cantan hasta el amanecer
himnos a héroes de batallas olvidadas
gestas que ni los viejos más lúcidos recuerdan
Los policías beben en sus gorras de servicio
acaso disfrutan y no se atreven
a estropear la fugaz alegría de un barrio triste
MEDIA NOCHE EN EL THALIA
Voces que se doblan y desdoblan
imitando las acrobacias del humo perdido
en la boca de los perdidos
Palabras que adoptan los colores sin número del alma
Mesas que no soportan botellas
ni los codos tambaleantes de los borrachos
La barra del Thalia florece como cementerio
el primero de noviembre
Hombres con todos los colores en la piel
con todas las edades en el rostro
y en la espalda una joroba que rebota
contra los espejos
Sonidos de botellas que se destapan
de copas que se encuentran
de cumbias que navegan el aire
y marcan el ritmo sin fondo de la noche
REFLEJOS DE ANTAÑO
El espejo del dormitorio
a pesar de años y muertes
todavía refleja el rostro de la abuela
TEJEDORAS DE SUEÑOS
Un patio hondo
Detrás de los adobes
las higueras tejen sueños
DETRÁS DE LA PUERTA
Ese rincón en penumbras
aún retiene el sabor lechoso
del primer beso
HALO DEL TIEMPO
La brisa es el tenue soplo
que deja el tiempo cuando pasa
LAS CALLES
I
Las calles dejaron su antigua morada
su inocencia de polvo y pies descalzos
Abortaron sus alamedas y sus plazas de tierra
donde los enamorados se amaban mirándose a los ojos verdes
no de hambre sino de gozo
Ahora se maquillan como putas viejas
se adornan con semáforos y otras joyas de neón
Ahora los perros orinan sin ganas el cemento
y la lluvia mezquina
no llega a la raíz del mundo
II
Las calles recogen pasos que pesan y brillan
pasos cargados con la codicia de oficinistasy sus sueños de grandeza
Pasos que pisan a los débiles
a las mujeres solas en casas solas
a los ancianos del abandono
Pasos que delatan a pobres asaltantes
de poca monta
buscadores de tesoros o lo que fuere
Pasos que olvidaron las fugaces calles
terrosas de infancia
la ternura materna en los primeros años
Pasos sin brújula
sin la bulla alegre del clandestino
sin la putita que todos amamos
y hundimos al río oscuro del olvido
III
Acaso sean territorio de feriantes
pozos que ahogan los sueños tribales
y favorecen a los obtusos
fronteras que cierran el paso al soñador de La Mancha
olvidos que borran a la usurera y al joven estudiante
Acaso la bella durmiente sea una niña muerta
que nadie besa por temor al contagio
Acaso la Cenicienta quiso vender su inocencia
a las caravanas de mercaderes que asolan los pueblos