“Un día seremos leyenda.
Mientras tanto seamos felices.
Llegó la medianoche y aún estamos vivos”.
(J. T.)
Jorge Teilleir fue el poeta que fundó en Chile la entrañable poesía lárica, aquella que buscó profundizar las minucias de la vida cotidiana en los pueblos del sur profundo, “allí donde los trenes no se detienen”, y que se propagó profusamente en nuestro país gracias a cultores notables como Rolando Cárdenas, Efraín Barquero, Floridor Pérez y Jaime Quezada, entre otros.
Había nacido el mismo día y año de la muerte de Carlos Gardel, el 24 de junio de 1935, en Lautaro, y decía que quería vivir hasta el año dos mil para constatar si era verdad o mentira la profecía del fin del mundo. Se nos fue a los 60 años, víctima de una hemorragia intestinal derivada de su consuetudinaria manía de beber.
Publicó varios libros, entre los que destacan “Para ángeles y gorriones”, “El cielo cae con las hojas”, “Árbol de la memoria”, “Poemas secretos” y “El molino y la higuera”, los cuales tuvieron inmediata acogida en los amantes de la auténtica poesía.
Profesor de historia y geografía que nunca ejerció, vivió como cualquier parroquiano conversando en los bares de los pueblos fantasmas que refundó con su palabra, de temas interminables como el box, el fútbol, de carreras de caballo y, por supuesto, de literatura, con los escasos dividendos que le otorgaban las ediciones de sus textos, más colaboraciones a diarios y revistas nacionales y extranjeras. Cierta vez escribió: “Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias”. Sus contertulios eran simples vecinos de la cuadra o poetas que de todo Chile los buscaban para oír su charla amena y sabia, sin ningún protocolo, salvo tener conocimiento cabal de lo que se hablaba.
Huía de la publicidad y los falsos halagos, incluso de los verdaderos, convencido que la vida era su propio premio y que algún día sería leyenda.
Al momento de su fallecimiento estaba dedicado a reunir la profusa bibliografía surgida en torno a su obra y preparaba una antología de poetas chilenos; además, dejó un manojo de poemas inéditos que las editoriales se disputarían por dar a luz.
Respecto a la tendencia lárica, el propio Teillier manifestó que había tenido fuertes influencias de Sergei Esenin, George Tralk, René Char y Eliseo Diego. En un ensayo citó el siguiente párrafo de Rainer María Rilke: “He aquí que hacia nosotros se precipitan llegadas de Estados Unidos cosas vacías, indiferentes, apariencias de cosas, trampas de vida… Una morada en la acepción americana, o una viña americana nada tienen de común con la morada, el fruto, el racimo en los cuales había penetrado la esperanza y la meditación de nuestros abuelos… Las cosas dotadas de vida, las cosas vividas, las cosas admitidas en nuestra confianza, están en su declinación y ya no pueden ser reemplazadas. Somos tal vez los últimos que conocieron tales cosas. Sobre nosotros descansa la responsabilidad de conservar no solamente su recuerdo -lo que sería poco y no de fiar -, sino su valor humano y lárico”. El poeta, entonces, es el guardián del mito y la imagen hasta que lleguen tiempos mejores.
Al revisar la obra completa de Jorge Teillier nos percatamos de la rigurosa unidad de su legado. Toda esta mágica escritura aborda el mismo poema de una existencia lugareña y compacta, evocativa y melancólica que no pocos llamaron monótona, sin reparar en la virtud del hablante lírico que jamás renegó de sus "dominios perdidos”, buscando el matiz revelador de otra posibilidad de ser universal en el patio de la casa.
Como testamento nos deja una propuesta estética que rebela una visión inédita del mundo y el ser humano que lo habita: “Me despido de una muchacha/ cuyo rostro suelo ver en sueños/ iluminado por la triste mirada/ de trenes que parten bajo la lluvia./ Me despido de la memoria/ y me despido de la nostalgia/ - la sal y el agua/ de mis días sin objeto -/ y me despido de estos poemas:/ palabras, palabras - un poco de aire/ movido por los labios - palabras/ para ocultar quizá lo único verdadero:/ que respiramos y dejamos de respirar.” Poesía estremecedora.
Recuerdo que cuando supe que Teillier había fallecido aún joven y talentoso, pasé cabizbajo donde un buen amigo del barrio llamado Panchito - asiduo lector y admirador del poeta -, quien atendía su almacén de la esquina como todos los días. Al enterarse de la nefasta nueva y después de un largo silencio, más largo en el atardecer de la provincia, murmuró: “Tranquilo, Profesor, Jorge Teillier no ha muerto”.
Diario El Centro de Talca, 29 abril 1996.