"y con las grietas de la tierra en la frente
saca una voz templada en pipa de roble"
Desde la marginalidad concreta de sus afectos - lo rural, la metafísica del barrio, la naturaleza, los poetas de sus coincidencias, la cultura decantada por el gesto humano -, Felipe Moncada ha construído un lenguaje poético autónomo que se ha de mantener vigente por varios movimientos teléurico y literarios más, en esta larga y angosta costra volcánica llamada Chile.
Su escritura se sustenta ética y estéticamente en la construcción del texto a partir de una experiencia personal real, experiencia que en el caso de Moncada perfectamente se puede reducir a una gota de rocío colgando de una aguja de pino, a una pisada de codorniz en el trumao, a la sonrisa de una preñadita o, contrariamente, se puede expandir a una galaxia sin nombre todavía, a un poeta chino milenario, a las profundidades de los mares griegos e, incluso, al tráfago artesano del porteño, del maulino o del chilote que vaya a donde vaya siempre lleva dentro de su silencio.
Felipe Moncada coge estos materiales líricos cual si fuera un sobreviviente que retirara restos de un naufragio - maderos apolillados, diarios de viajes, astillas de mangos de herramientas -, y con ellos enciende una hoguera en medio de la nada, como el antiguo dios romano del hogar llamado Lar, iluminando la noche cósmica del desamparado después de haber atravesado como un apátrida el río Babel.
Sus poemas permanecerán en la memoria literaria de éstas y otras latitudes por la elaboración de imágenes donde los componentes contrarios producen la síntesis inusitada que confiadamente anida en versos libres tatuados en arcilla, adobe o tronco seco; por la precisa entonación del ritmo de los encabalgamientos; por la propuesta antropológica y panteísta de hallazgos que no rehúyen la intertextualidad de los doctos ni el canturreo amerindio de campesinos ebrios.
Poesía necesaria que fluye espontánea por su génesis y sesuda por su oficio, la cual nos ampara como pirca o barcito de rincón, espíritu del valle, certeza de una belleza sincera, sólida, contundente, fundacional de un modo de ser poeta en medio de la hecatombe que tanto se extrañaba en la actual poesía del cono sur del continente.