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Memorias del agua
Aproximaciones a "Cantos del bastón"

Crítica

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Memorias del agua
Fernado Quilodrán

 “Mucho más que los seres me amaron estas aguas”

(Efraín Barquero)

 

 

I

 

“Son 50 textos estructurados en torno al tópico de la maulinidad”, nos advierte en el prólogo Bernardo González Koppmann, autor del libro “Memorias del agua”. (Autoedición, Talca, 1999). Y precisa: “Sólo podremos asumirnos universales a partir de la singularidad”.

 

Bella convicción. Porque en medio de la profusión - algunos dirán “confusión” - de ideologías, credos o escepticismos a los que cada cual puede adscribir según su propia preferencia, porque variado es el repertorio de lo humano, sólo lo particular es irrefutable. Y agreguemos que lo es de manera eminente, si esa particularidad es el resultado de una búsqueda de la identidad; es decir, de la esencia de lo particular, de su índole misma. Y, naturalmente, si tal búsqueda es emprendida de manera libre.

 

Queremos decir que la identidad - la de cada uno, la del grupo, la comunidad, la clase, el pueblo, la nación incluso -, es la forma en que ejercemos la condición humana en nuestras particulares circunstancias de espacio y tiempo. Aquí el espacio es el Maule y el tiempo, como lo veremos en estos apretados apuntes, corresponde al hoy; pero, también, a otro decurso más inclusivo. Y todo esto expresado en Bernardo González como “la maulinidad”.

 

La primera gestión de este poeta, en una lúcida página que el titula “Previo”, es buscar “esas particulares circunstancias” que lo determinan como ser humano, y para eso investiga en la historia las señales de su identidad, en este caso, maulina. Porque, es claro, la identidad no sólo debe ser libre - esto es, sin condicionamientos negativos, como la censura, cualquiera censura; la ignorancia, el prejuicio, la pobreza y la marginalidad; la discriminación, cualquier discriminación -, sino que debe partir del conocimiento del pasado. Porque la identidad, como el tiempo y como la rosa, es histórica.

 

Y es variada y, puesto que histórica, variable, dinámica. Sería un error verla como una entidad indiscutible, de una sola y positiva pieza, puesto que si la hemos definido como histórica y hemos hablado de condicionamientos negativos, es evidente que no la podemos postular como “perfecta”.

 

Es, dicho en otras palabras, una materia a trabajar, a consolidar en sus lados gratos, positivos. Tal vez podríamos decir que es “buena” en tanto nos permite desarrollar potencialidades, posibilidades y en cuanto contribuye a nuestra integración a un grupo, clase, comunidad, pueblo y - por consecuencia lógica - a su cohesión y reproducción. Bernardo González hace, pues, labor de historiador. Acota su campo, deja constancia de “los factores políticos, económicos y sociales que mantienen a la región del Maule como uno de los focos de pobreza más arraigado del país, con graves índices deficitarios especialmente en educación y salud”.

 

¿Y cómo influyen éstas, por así decirlo, condiciones materiales en la conciencia que el maulino - “el maucho”, dice el poeta - tiene de sí mismo? Nos hablará entonces de artesanos “notables”, de folcloristas y hasta de “un sabio naturalista en Huaraculén”, y nos informará que “ellos han tomado los materiales y con ancestral sabiduría y suma perspicacia los han utilizado en la plasmación de metáforas-símbolos distintivas”.

 

Pero la literatura - la novela, la poesía y el arte en general - no es un reflejo de “primer grado”. No es el espejo donde se miran los hechos, el paso del tiempo, la gente que lo constituye. No; es más que eso, o debiera pretender ser más que eso. Es el reflejo de un reflejo; un reflejo de “segundo grado”. La novela “Don Quijote” es el reflejo de la conciencia de Don Quijote personaje, en cuya conciencia se había reflejado su España.

 

Porque el poeta elabora símbolos, pero también elabora lo que encuentra a su paso y lo hace su materia prima. Aunque no desprecie, ni deba hacerlo, trabajar directamente con los materiales “vivos”, en estado primigenio, privilegia los elementos ya “contaminados” por la conciencia del hombre, de sus predecesores, de los que le acompañan en esta encrucijada de espacio y tiempo; incluso prefiere elaborar hermosura y crear arte a partir de su propia experiencia, casi siempre dolorosa.

 

En la poesía maulina distingue nuestro autor tendencias, corrientes, a las cuales sería en exceso prolijo que yo me refiriera hoy aquí. Pero de tales corrientes - la telúrica descriptiva y la hermética metafísica -, parte, surge, Bernardo González Koppmann, y esto es lo que encontramos en sus “Memorias del agua”.

 

II

 

Es natural que el tiempo sea un motivo permanente en estos poemas. Porque lo que se nos abre es un mundo que viene de muy lejos, y con el cual el poeta establece una relación mediada, precisamente, por el tiempo. Por eso no es extraño que nos diga: “Y parece que nada de esto ha transcurrido/ que todo está por suceder/ salvo que las fotografías me contemplan”, (“Álbum”).

 

Esta misma intuición del tiempo “simultáneo” aparece nítidamente en “Sábado”, cuando el tiempo de los recuerdos “alrededor del espino” se confunde con el de los goles de Zamorano y el de Telenoche. Es que el recuerdo es el recurso contra el tiempo que pasa.

 

Pero esta relación con el espacio recreado, medida por el tiempo, es también una relación muy íntima del hombre, representado aquí por el poeta Bernardo, con el mismo tiempo ya convertido en sujeto, en materia viva. Y, así, leemos “Este árbol es el tiempo, el sino/ puesto de pie, erguido, alto/ y yo el patio donde caen pétales”, (“Ciruelo en flor”). En el mismo sentido veamos otro magnífico hallazgo, ya no fruto del azar, como bien lo hemos visto en esta totalidad que es “Memorias del agua”: “Frescura de alas sobre las mesas del tiempo/ justo en el lugar donde se detienen los arrieros”, (“Mote con huesillos”).

 

La herramienta de que se vale el hombre para transitar por el tiempo, para dominarlo, es la memoria: “Esos hombres cargaron piedra a piedra el recuerdo/ y no se detuvieron cuando cayó una hoja/ y se tragó la noche los puentes del pasado/ siguieron por la calle mascando sus canciones…”, (“Maulinos”). Aquí hemos descubierto, estimo, la clave de esta actitud vital expresada en la poesía de Bernardo González: que para que la memoria sea viva y el acto de recordar eficaz, debe el hombre empecinarse en sí mismo. Por eso “siguieron por la calle mascando sus canciones”; porque “sus canciones” los constituyen, son su moblaje mental, los materiales de su espíritu, las amarras que los anclan al mundo.

 

Pero el tiempo es algo más que lo pasajero, lo que todo lo envuelve con la niebla del olvido, por lo cual debe el poeta armarse fuertemente de sus recuerdos; en el tiempo está la muerte. Es precisamente a partir del símbolo “Espantapájaros”, título de uno de sus poemas, que elabora Bernardo otro símbolo, que yo propongo como el reflejo en su conciencia poética de la conciencia con que el Espantapájaros percibe el mundo: “Mañana estaré callado entre los surcos/ esperando algún trino/ Qué soledad”, (“Espantapájaros”).

 

Sin embargo, se busca y se encuentra en esta páginas el remedio, el recurso que desvalorice la muerte: “Olvidemos la muerte sentada en su sillón, ahí/ mirando los contornos de un lugar desmoronándose/ Nosotros amemos el canto de lo pájaros/ Nosotros amemos quizá las nubes/ y ese bote detenido que nos llama desde la otra orilla”, (“Poema para abrir una puerta”). Hay que “activar” contra la muerte, no importa que venga, que llegue, pero “amemos”. Porque si es cierto que todo está “desmoronándose” también son ciertas las nubes y siempre existirá “ese bote detenido que nos llama desde la otra orilla”.

 

Por otra parte, es claro, en este mundo, en esta tierra, incluso en esta tierra maulina, estamos solos, y la mayor soledad, ya se nos dijo, se instala con la muerte. Entonces pregunta el poeta, “¿A quién le importaría si en uno de estos días/ sordo al mundo, mis ojos se me fueran por el aire/ a quién, sino a los pájaros?”, (“El río suena”).

 

En todo caso no hay que aferrarse tanto a la vida, porque somos pasajeros: “…qué tonta tozudez/ mientras el aire pasa fragante a pájaro”, (“Réquiem”). He allí la lección de indiferencia, la bofetada a nuestra vanidad, la indiferencia de una naturaleza que seguirá estando después que nos hayamos ido. Pero esta naturalidad en el vivir podría ser una constatación igualmente consoladora, porque no son los grandes poderes de la sociedad, no es la condenación ciega de una mala providencia o de alguna potencia ajena la que nos visitará; es simplemente la presencia de lo evanescente de una realidad que se complace en su intimidad, de algo que tiene el candor de la infancia o la temprana adolescencia: “el aire pasa fragante a pájaro”.

 

III

 

En el tiempo estamos. Y contra él luchamos porque cuando sólo quedan los recuerdos, sobrevive la tristeza. Esto lo expresa así el poeta: “¿Qué sacaría con tomar el tren/ si después nadie me quitaría la nostalgia”, (“Chalas”). Bella forma de “vivir” lo que en algún texto filosófico se llamaría “alienación”: “Tengo muchos recuerdos que no me conocen”, (“Solo de armónica”).Y, por favor, confirmen lo dicho con este par de versos: “Hoy todo es posible/ menos yo”, (“Nostalgia”).

 

Así las cosas, nada se puede contra la certeza de lo previsible, nada que no sea por la intercesión de la poesía misma: “Entonces subo al cerro y grito hasta borrar el horizonte/ pero sólo consigo espantar las ovejas”, (“Solo de armónica”). Es que el poeta intuye, sabe y advierte: “Vengo sólo de visita al predio del recuerdo”, (“Visita”). En este sistema recreado por Bernardo González Koppmann siempre habrá “palabras más hermosa que la pulpa”, (“Damascos en el suelo”); en este contexto “El río suena (…)/ suena profundo como el silencio de los árboles”, (“El río suena”); y sin que nos demos cuenta casi, frente a nosotros “ha pasado un amigo con su memoria al apa”, (“Están cayendo paltas”). Es un universo encantado donde sentimos “pisadas que entran y salen del cuerpo”, (“Noche de San Juan”) y de pronto reparamos asombrados que “el patio aún recuerda pies desnudos/ pisando hojas secas”, (“Agua de manzanilla”).

 

El patio, porción de naturaleza dominada o humanizada, es gratificado con la capacidad de recordar. Es la extensión del hombre, el testigo de su desnuda pisada. Otro recurso contra el olvido, otro recurso que busca cómplices y los elabora en ese retiro familiar, lárico. Todo el mundo, la aldea, el Maule antiguo, con la utilería del hombre eterno, permanente. Y allí, el “Silencio es un pito de tren alejándose”, (“Es silencio”). Sólo nos queda un espacio dolorido, “el recuerdo pide migas para darle a los sueños (…)/ porque llueve, llueve, mucho llueve”, (“Compañeros de curso”). Y entonces, supremo amparo contra la caducidad de todo, la liviandad de los recuerdos y la propia muerte del tiempo, “saco del alma una carta marcada: el sol detrás de los zorzales”, (“Bar”). Poesía, sólo poesía, para los males del mundo.

 

IV

 

Yo no tengo potestades para emitir un juicio. Yo sólo propongo el disfrute de una experiencia estética muy alta: la de estos poemas. Aprecio y disfruto de un buen gusto inalterado, de una escritura que se complace en sí misma, de una ausencia de todo lo estridente y de cualquier afán de trascendencia, que no le hace falta. Eso me da placer.

 

No sé si este libro será una síntesis de las tendencias maulinas que su autor con tanta solvencia traza en el prólogo. Sólo sé que al ingresar en el sistema de González Koppmann me he encontrado en un territorio pródigo. Y que - muchas gracias por ello - me he reconocido más hombre simple, más humano esencial, más desprovisto de los objetos superfluos que se nos cuelan por entre los intersticios del comercio social y las veleidades de la técnica.

 

Volvamos, por un instante, a lo particular. Porque cuando escuchamos las pompas de las “aldeas globales” y las señales “valóricas” del mercado, es bueno tener en cuenta que lo que llamamos “cultura universal” no es otra cosa que la expresión de lo particular, que por la maestría del oficiante - poeta, pintor, músico - y por la calidad de sus materiales, esto es el espacio y el tiempo que se congregan en torno al despliegue del talento, pudo elevarse a símbolo eficiente de todos los hombres y, aún, de todos los tiempos.

 

Nadie pinta un mural de toda la humanidad ni escribe la novela del mundo o del milenio. A cada uno corresponde, sí, dar cabida en las páginas de su libro - si de un poeta se trata, como en este caso - a lo que transitó por sus calles y campos, y tiñó con indesmentible y singular temple de ánimo sus horas y sus años.

 

Este libro de Bernardo se inscribe en la gran poesía del Maule, en la gran poesía de Chile. Al cerrarlo se ha adquirido una certeza: la de haber estado con un poeta.

 

 

Texto presentación del libro “Memorias del agua” de Bernardo González Koppmann, realizado por Fernando Quilodrán, Presidente de la SECH (Sociedad de Escritores de Chile). Talca, 12 de noviembre de 1999.






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 Referencia
Fernado Quilodrán.  "Memorias del agua."  Cantos del Bastón. Ed. Bernardo González Koppmann. Talca, Chile: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    9 de mayo de 2008.
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